Durante décadas, la privacidad fue considerada un derecho fundamental inviolable. Gobiernos, activistas y defensores de derechos humanos lucharon para establecer leyes que protegieran nuestros datos, comunicaciones e identidad digital. Era la trinchera para defender nuestra libertad frente a corporaciones y estados.
En 2016, desde estas mismas web hablábamos sobre cómo nuestra privacidad ya estaba comprometida. Se denunciaba la aceptación acrítica de términos y condiciones, la monetización de nuestras imágenes en redes sociales y la capacidad de Internet para conocer nuestros gustos mejor que nosotros mismos. Era una llamada de atención frente a una realidad incómoda pero ineludible.


