Durante años nos dijeron que las máquinas sustituirían primero los trabajos físicos y repetitivos. Imaginábamos robots en fábricas, almacenes completamente automatizados y vehículos capaces de moverse sin conductor. Sin embargo, la inteligencia artificial ha empezado por un lugar que muchos no esperábamos: la oficina.
Hoy una IA puede redactar un correo, resumir un informe, traducir un documento, analizar datos o escribir código en cuestión de segundos. No significa que todas las profesiones vayan a desaparecer, pero sí que muchas de las tareas con las que una persona comenzaba su carrera ya no tienen el mismo valor. Y este cambio nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: si nadie sabe con certeza qué trabajo será seguro dentro de diez años, ¿cómo elegimos a qué queremos dedicarnos?
Mi respuesta no es catastrofista. Creo que debemos aprender a usar estas herramientas, especializarnos de verdad y, siempre que nuestras circunstancias lo permitan, acercarnos a un trabajo que nos guste. Si elegimos una profesión únicamente por dinero y un día la tecnología cambia sus reglas, quizá perdamos el sueldo y también descubramos que nunca disfrutamos del camino.